RECUERDOS DE LOS TIEMPOS PERDIDOS.

Cuando la Vida se va agotando y uno reflexiona lo que hizo y lo que fue, queda en claro que no hay manera de recuperar el tiempo perdido.

En una rápida retrospectiva   puedo decir:  

 Agoté mi tiempo  porque nací enfermo. Las noches eran de insomnio y   el  día para dormir. 

 Agoté mi tiempo  esperando que el médico se dignara  atenderme.

 Agoté mi tiempo  haciendo cola en una farmacia.

 Agoté mi tiempo  yendo al Colegio. En la Primaria nadie se puso a pensar qué algo podía modificarse para que el alumno no se pasara  paveando durante siete años.

 Agoté mi tiempo  peleándome con mis hermanos y enojándome con mis padres.

 Agoté mi tiempo  mirando a las lindas gurisas sin animarme a encararlas. Yo me agotaba piropeando. No conmovía ni a la  menos pretenciosa de las guainas entrerrianas.

  Agoté mi tiempo  cuando me fui de mi casa siendo todavía un pollito, dejando varias páginas en blanco en mi historia familiar.

 Agoté mi tiempo  yendo a la sinagoga. Yo tenía que haberle demostrado a ese al que muchos rezan  que yo estaba enojado con él porque me maltrató.

 Agoté mi tiempo  creyendo en el hombre. Escuchando sus desventuras. Cuando envejecí  me di cuenta que todo consejo significa  un esfuerzo inútil.

 Agoté mi tiempo  peleando con mi mujer y discutiendo con mis hijos.

 Agoté mi tiempo  trabajando. No solamente fui abusado por una patronal inhumana;  el laburo   desmesurando me convirtió en un extraño en mi propia casa. Un día volví  del yugo y mi mujer me dijo que nuestros hijos se habían ido para siempre. 

 Agoté mi tiempo  escuchando a políticos y a filósofos, a economistas y a periodistas.  Ninguno de ellos   me hizo la vida más fácil. Todos ellos  me mintieron descaradamente.

 Agoté mi tiempo  yendo a las canchas de futbol,  enojándome con mi equipo favorito, con la Selección de mi país, hasta que me di cuenta que todo estaba sumergido  en una gran corrupción: partidos arreglados  y   títulos obsequiados.   

 Agoté mi tiempo  mirando televisión.  No me daba el cuero para ir al cine. Las entradas  estaban  más caras que una operación de vesícula.   

 Pierdo el poco tiempo que me queda yendo al  médico para que me haga una receta;   volviendo  al médico porque el  farmacéutico   no le entiende la firma; y buscando   medicamentos que tengan descuentos, no que me curen.

Pierdo el tiempo, hurgando   las góndolas de los superremarcados, buscando ofertas.  Mi jubilación me tiene condenado a la mishiadura.

Moriré sin público: no quiero que nadie pierda el tiempo por mí.

La vida es una fotocopia.

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