“Arráncame la vida.”

 Es titulo de la novela  de la novelista mexicana Ángeles Mastretta.

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La naturaleza humana se expresa de distintas maneras, aunque mayormente se inclina hacia el mal.

 En Uruguay se ha producido un hecho aberrante. Según  investigaciones realizadas se comprobó que  dos enfermeros serían autores de la muerte de una veintena de pacientes   por “razones humanitarias”  ya que las víctimas serían  enfermos terminales, algo que no se constató.

Leído fríamente uno siente que es una verdadera calamidad, desde una retrospección histórica no es ninguna novedad.

Las  muertes de esas personas se habrían producido por la administración   de aire y morfina  por vía intravenosa.

Los presuntos autores de dichas muertes trabajan en distintas unidades cardiológicas  de la capital uruguaya.  Entre ellos no había un conocimiento previo

Uno  puede llegar a pensar  que estos  enfermeros uruguayos se habrán visto  influenciados por la prédica del  Dr. Muerte, (el patólogo Jack Kevorkian, n.1928), sólo que  la eutanasia la habrían aplicado   sin el consentimiento  de los pacientes.

 El médico  armenio estadounidense  produjo una controversia mundial cuando creó una máquina  para aliviar el sufrimiento de personas que se hallaban en una fase terminal de su enfermedad.

Kevorkian asistió a ciento  treinta personas, para que tuvieran lo que   él llamó “una muerte digna.”

No es éste, el de los uruguayos, un hecho aislado, quizá lo sea para América Latina.

 Se han  leído libros, se han visto películas, como hombres y niños han sido cobayitos de la India para probar la eficacia de distintos medicamentos, que terminaron con sus vidas.

 En todo el mundo hay permanentemente casos  de mala praxis, que se desconocen porque quedan tapados por la complicidad de los que las provocan y la ignorancia de los familiares de los fallecidos.

No siempre nos vamos cuando nos toca. ¿No les parece?

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